Los espacios públicos deportivos tienen un papel relevante en la vida cotidiana de las comunidades, pues además de albergar partidos y entrenamientos, también pueden recibir talleres, reuniones, actividades culturales, celebraciones y encuentros familiares que convocan a personas de distintas edades e intereses.
El Día Internacional de la Paz, conmemorado el pasado 21 de septiembre, dejó una pregunta que sigue vigente: ¿cómo se construye la convivencia en la vida cotidiana? love.fútbol, organización global sin fines de lucro, trabaja con comunidades para crear y recuperar espacios de juego que ofrecen una oportunidad para encontrarse y compartir actividades.
Una cancha con actividad constante puede reunir a personas de distintas edades y abrirles oportunidades de participación; con el tiempo, también puede convertirse en un punto de encuentro para la comunidad. Esa capacidad de la cancha para propiciar encuentros ayuda a entender el espacio público como infraestructura social: ofrece un lugar donde las personas pueden construir vínculos y colaborar. Para que esto ocurra, además del espacio físico, hacen falta actividades, organización y participación de la comunidad.
“La paz suele asociarse con decisiones de gran escala, pero en las comunidades también se construye mediante acciones cotidianas: escuchar a otras personas, respetar acuerdos y compartir la responsabilidad sobre un lugar común. Contar con un espacio donde esas relaciones puedan desarrollarse es una condición importante para la convivencia”, explica Kenza Gravois, Directora Global de Desarrollo en love.fútbol.
El proceso comienza desde que una comunidad conversa sobre lo que necesita y define quiénes utilizarán el espacio. Mientras algunas personas buscan un lugar para que jueguen las infancias, otras pueden requerir horarios para jóvenes, actividades para mujeres o momentos de convivencia familiar; reunir esas necesidades permite que la cancha responda a una comunidad diversa, en lugar de concentrarse únicamente en un grupo o disciplina.
A partir de ahí, la participación se traduce en decisiones concretas: distribuir horarios, establecer reglas de uso, organizar actividades y acordar tareas de mantenimiento. Cada acuerdo exige diálogo para escuchar necesidades distintas y negociación para encontrar soluciones compartidas. En esa práctica cotidiana también se construye la paz: las personas deciden juntas cómo mantener el espacio abierto y accesible, y se reconocen como parte de él.
En ese proceso, la organización propone que cada cancha sea un punto de partida para nuevas iniciativas de la comunidad: al contar con un lugar donde encontrarse y tomar decisiones, las personas pueden organizar proyectos propios, sumar a otros vecinos y dar continuidad a lo que comenzaron juntos, de manera que el espacio siga creciendo con quienes lo usan.
Desde que inició sus labores en México en 2016, love.fútbol ha trabajado con comunidades para crear y recuperar espacios de juego. En las evaluaciones de sus proyectos, la organización reporta que 85% de las personas consultadas percibió mayor participación y colaboración comunitaria; 83%, un aumento en el uso comunitario y saludable del espacio público; y 80%, una comunidad más segura y cohesionada. Además, 79% calificó el mantenimiento del espacio como bueno o excelente.
“Una cancha se convierte en infraestructura social cuando deja de depender de un solo uso y comienza a sostener actividades, vínculos y formas de organización. El espacio abre la posibilidad de encontrarse, pero es la comunidad la que le da sentido al compartirlo, adaptarlo a sus necesidades y mantenerlo vivo”, añade Kenza Gravois.
Así, hablar de paz desde la vida comunitaria implica observar lo que ocurre entre una actividad y otra: las conversaciones necesarias para organizar el espacio, los acuerdos que permiten incorporar a distintos grupos y las responsabilidades que se comparten para conservarlo. La cancha no resuelve por sí misma los desafíos de una comunidad, pero sí puede ofrecer un lugar para afrontarlos de manera colectiva y construir, desde la convivencia diaria, un sentido de pertenencia.







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