Por Ivette Estrada
Entre el Parkinson que arrebata sin remedio la brújula del mundo en el que existimos y el olvido pertinaz de nuestro pueblo, sólo permanece como faro de la memoria el muralismo mexicano, vaticina Ariosto Otero.
En un mundo de superficialidad y desarraigo, donde las voces de la mexicaneidad —como las de tantos otros pueblos— se diluyen, la sabiduría transmitida de boca en boca ya no basta para preservar lo nuestro. Entonces emergen los relatos grabados en los muros: herederos de los códices precolombinos, crónicas de mundos que se niegan a desaparecer.
Otero es uno de los tres muralistas vivos en México y, al mismo tiempo, cuestiona el membrete de “los tres grandes” otorgado a Rivera, Siqueiros y Orozco, pues invisibiliza la obra de O’Gorman, Alfredo Zalce, González Camarena, Dr. Atl, Chávez Morado y Fermín Revueltas, entre muchos otros.
“El muralismo es un arte monumental que va más allá de simplemente pintar en grandes dimensiones. Es una narrativa que cuenta historias y refleja la esencia de un pueblo”, asegura el creador de 74 murales, entre ellos El regreso de los dioses, un conjunto de seis piezas en la Secretaría de Gobernación.
Esta obra alude a las deidades prehispánicas, la invasión colonial, las luchas de las mujeres y el movimiento social de 2019. Para Otero, el muralismo es un bastión de la memoria porque educa, transmite valores, ofrece múltiples perspectivas y se integra con el espacio arquitectónico que lo sostiene.
Tras 47 años dedicados al muralismo, sostiene que la narrativa épica, didáctica y poliangular es la esencia de la obra monumental, “y puede incrustarse en una simple hoja de papel”, afirma el artista reconocido por su contribución al arte mexicano.
Establece, además, una diferencia tajante entre el “paredismo” y el muralismo. Este último, dice, es un arte que preserva la identidad cultural mexicana; no se limita a grafías sin sentido como las que, mezquinamente, se agrupan bajo el rótulo de “arte urbano”.
El legado de Otero confirma la importancia del muralismo en la historia y la vida social del país. En El mural del pueblo, también conocido como Historia, Pirotecnia y Música de un pueblo, ubicado en Tultepec, Estado de México, captura la esencia de una comunidad y su cultura.
Entre sus obras más destacadas se encuentran:
Campos de Muerte y Luz (2002), Plaza Lídice, Magdalena Contreras.
Dioses del agua, Delegación Magdalena Contreras.
Viaje del siglo XX, Parque de la Estación, Magdalena Contreras.
El despertar de México, Palacio de los Virreyes, Ciudad de México.
Las paredes, insiste, son memoria, y no deben realizarse “por encargo”. Por ello rechazó pintar un mural del mundial de futbol: “me pedían que al centro apareciera una corcholata de Coca-Cola”.
El muralismo —último reducto de la memoria del pueblo— sigue vivo, aunque hoy no haya exponentes jóvenes a la vista. “Tenía un gran candidato, un muchacho de 40 años que decidió participar en una fiesta como volador de Papantla en su natal Veracruz. Cayó.”
Pero lo que no cae en México son las raíces, las costumbres y las historias. Son credos y cantos que se perennizan en piedra, que en colores muestran cosmogonías y una patria que no siempre se nombra, pero siempre se vive. Quedan en las tapias, quedan en un arte que será legado, como los antiguos códices.
Para Otero, estos códices son fundamentales para entender la cultura y la identidad mexicana. Entre los que más menciona están el Códice de Huichapan, el de Jilotepec y el Borbónico.
Y así, mientras el tiempo deshace manos, memorias y nombres, los muros siguen en pie como guardianes de lo que fuimos y de lo que aún podemos ser. En ellos palpita la respiración antigua de los códices, la voz de los dioses que regresan cuando un pueblo se mira a sí mismo sin miedo. Otero lo sabe: cada trazo es un acto de resistencia contra el olvido, una plegaria de color que ancla la identidad en la piedra. Porque en México, donde la historia se escribe también con pigmentos y silencios, el muralismo no es sólo arte: es un latido que se niega a extinguirse, una patria que se rehace en cada muro que decide recordar.








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